Hay una idea que me persigue desde el diagnóstico: la impulsividad no es un error. Es un motor.
Durante años me dijeron que era «demasiado intensa», que hacía las cosas sin pensar, que me lanzaba a piscinas vacías. Y yo me lo creí. Me sentía culpable por cada decisión rápida, por cada proyecto que empezaba un martes a las once de la noche.
La culpa aprendida
La culpa no nace contigo. Se aprende. Se aprende cuando alguien te dice que «piensa antes de actuar» tantas veces que empiezas a dudar de cada impulso. Cuando el mundo está diseñado para los que planifican, no para los que sienten.
Pero hay algo que nadie te cuenta: muchas de las cosas que más quiero en mi vida empezaron con un impulso. Este blog empezó con un impulso. NOA empezó con un impulso.
El impulso como brújula
No todos los impulsos son buenos. Pero los que vienen después de semanas de dar vueltas en silencio, esos son los que hay que escuchar. Son tu cerebro diciéndote que ya ha procesado bastante y que es hora de actuar.
Así que no, no me voy a disculpar más por hacer cosas. Ni por hacerlas rápido. Ni por hacerlas un martes por la noche.
